Ir al supermercado cerca de la medianoche es toda una experiencia…
No es una pasarela, pero sí un desfile.
Uno ve a la mujer en hot pants que causa que los ojos de todos los hombres presentes (clientes y empleados) la volteen a ver. Por lo menos hasta que el tipo de grandes músculos, camiseta entallada y cara de malhora se da cuenta.
En el súper, puede uno apreciar a otra especie, la de los hombres solteros. Para descubrir su estado civil basta con tan sólo echar un ojo a su carrito de compras. En él llevan cervezas o algún licor, el “cuartito” de jamón o comida congelada. Además, también han tomado papel de baño o pasta de dientes, pero las presentaciones más pequeñas que hallaron.
También acuden parejas que se besan y se abrazan. Mientras uno espera en la caja, la imaginación vuela y uno crea teorías: Acaban de tener sexo y nada más salieron para echarle algo a la tripa. Al concluir sus compras, volverán a su noche de sexo salvaje. Tal vez compren condones o, posiblemente, crema batida para hacerlo más emocionante. Vuelvo a la realidad cuando la “monita” de la caja pregunta si compraré tiempo aire para mi celular.

Los viernes no pueden faltar los grupitos de tres o cuatro hombres, a veces acompañados de una fémina. Algunos son muy “fresitas”, otros parecen albañiles. Los del “look albañilesco” compran su “caguamota”; los “pipirisnais” su Chivas o “ya de jodido” un vodka Absolut. Eso sí, ambas clases sociales están de acuerdo en los Sabritones o los cacahuates Mafer.
Cerca de las 11 de la noche suena el aviso por los altavoces: “Estimado cliente, le recordamos que a las 11 se suspenderá la venta de vinos y licores”. Un aviso muy normal, si no fuera emitido e interpretado de otra manera: “Órale, güeyes, agarren los pomos que vayan a llevar, porque está a punto de pelársela”.
A la medianoche, cual carruaje de Cenicienta, las cajas se convierten en calabazas. Las cajeras hacen su corte diario por lo que entre 11:50 y 12:10, los clientes esperan impávidos mientras las monitas cuentan el dinero, firman papelitos y prácticamente ponen de cabeza las registradoras. No cierran una caja, sino todas al mismo tiempo. Los clientes siguen en su espera hasta que finalmente las cajeras pronuncian las palabras de nuestra liberación: “Disculpe, ahora sí le cobro”. Es increíble que la cadena de consumo se congele por un corte de caja. Henry Ford se volvería a morir.
Personalmente, lo que me gusta de ir al súper a altas horas de la noche es el tener el súper casi para mí solo, ver como el poli bosteza y porta una cara de “quiero echarme una pestañita”, la tranquilidad de que no me atropellen con el carrito, de que algún chamaco no chille como ratón en licuadora. Frutas y verduras, carnes frías y refrescos, todos yacen ahí, sin vida, en espera de que yo los lleve a mi casa. Una bolsa de plástico será el vehículo de su último viaje.
Así son las compras para mí y para todos los clientes vampiros. Para quienes tomamos por asalto la tienda, cuando la gente normal está durmiendo.
Interesante. No suelo ir al súper a altas horas de la noche, generalmente voy cuando está el bullicio, las señoras arrebatándose frutas y verduras mientras los señores aguardan en una esquina recargados en los carritos de autoservicio o leyendo un TvNotas.
¡Se me antojó darme una vuelta en algún súper a esas horas!
Excelente post.
¡Un abrazo, Mich!
Jajaja Tu comentario da para otro post. Deberías escribir “El súper de día” y contar todas esas vivencias de cómo se arrebatan las leguminosas, los hombres que echan “el taco de ojo” con publicaciones adornadas con curvilíneas señoritas, etcétera.
Cuando quieras darte una vuelta por el súper nocturno, eres bienvenida en el mío. Robaremos galletas y secuestraremos el departamento de lácteos. Jijiji
Gracias por leerlo y por tus comentarios. :oD
Abrazo,
Puedo escribir sobre las mujeres de pants rosas/morados de terciopelo (¿te acuerdas?) o las que usan gigantescos lentes de mosca, entre otros especímenes diurnos.
¡Hay que ir por galletas a ese súper! Muajaja.
:)