Como decimos en México, mi padre me “agarró de su puerquito”…
Fue hace muchos años. Yo era un inocente y lindo (sí, lindo) niño de alrededor de 8 años. Mi padre y yo estábamos en el baño de un restaurante. Estaba a punto de lavarme las manos, pero… oh, sorpresa… no había llaves, manijas o algo similar para accionar el grifo. El infante (yo) se preguntaba cómo hacerlo funcionar. Tal vez en ese momento fue cuando mi padre decidió jugarme una broma.
Se acercó al lavabo e hizo correr el agua para lavarse las manos. Me dijo: “Es que tienes que sobarle”. Como cualquier niño para quien su padre es su héroe, ahí va el menso a sobarle al grifo. Sobé y nada pasó. Mi padre dijo “Mira, tienes que sobarle bien”. Acarició la nariz y salió el vital líquido. Sin importar cuánto sobaba yo, no salía el agua. ¿Qué súper poder poseía mi padre que podía hacer brotar el agua? Poco después, me lo reveló.
Ante mi cara de “¿qué pasa aquí?”, comentó: “Ah, cierto, es que, además de sobarle, tienes que apretar el botón que está en el piso”. En ese instante me di cuenta de que me acababa de “tomar el pelo”. Había sobado como un idiota cuando todo lo que necesitaba era apretar el condenado botón. Por supuesto que reí, aunque yo fui el patiño de mi padre.
Probablemente la lección es más filosófica en este caso. No importa qué tan sabio te creas y no importa qué tanto creas que eres capaz de verlo todo, tu padre siempre sabrá más y verá muchas más cosas que tú.
- Te amo, padre -