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Una foto de huevos

Era fin de cursos en mi escuela primaria…

Todos expresaban buenos deseos hacia sus camaradas, pedían los unos a los otros que les firmaran la camiseta del uniforme y se tomaban fotos. En fin, una orgía de amor y amistad. Disney estaría feliz. Pero un amigo estaba a punto de darle a una compañera un recuerdo que nunca olvidaría: una foto de huevos.

Humberto era conocido en nuestra primaria como el típico chico rudo. Su comportamiento haría pensar que hasta era malo, pero a esa edad pocos son realmente malos, él sólo era travieso. Fue uno de los primeros en desarrollarse, así que era de los más altos del salón y, la verdad, era bastante imponente. Siempre bromeaba, comandaba acciones y, la neta, chingaba bastante.

Ese día, una chica llevó una cámara. En ese entonces, aquellas cámaras usaban un rollo fotográfico que era como un cartucho con dos cabezas que se insertaban en un compartimento. La chava, cuyo nombre o cara no recuerdo (seguramente por ser irrelevante a la anécdota) tomaba alegremente fotos, hasta que Humberto le pidió la cámara. Creo que en la mente sana de todos, uno pensaría que retrataría algún objeto del salón, a algún compañero o captaría un momento indeleble de nuestra infancia, pero no. Se trataba de Humberto.

Humberto procedió a jalar con el dedo su pantalón y a apuntar la cámara hacia sus partes más privadas. Instantes después, presionó el botón y, muy orgulloso de su proeza, le devolvió la cámara a su dueña. Un momento, ¿qué acababa de pasar ahí? Este fulano se acababa de retratar las gónadas (sí, los huevos) con una cámara ajena. Honestamente, no recuerdo mi reacción. Tal vez fue una gran cara de sorpresa, tal vez fue una risa traviesa o, lo más característico en mí, una sonrisa tímida.

Posiblemente lo que más risa me da es imaginar qué habrá pasado después. ¿Habrá guardado ese rollo durante años? ¿Lo habrá mandado a revelar inmediatamente? ¿Salió bien la foto? ¿Salió oscura? ¿Alguien vio la foto del pene y los testículos de un niño de alrededor de 11 años y decidió llamar a las autoridades? ¿Cuál fue el destino de esa fotografía?

Sea cuál haya sido su destino, en ese momento de genio (maléfico), de niño travieso, de pícaro, de atrevido, de grosero, de cómo lo quieran llamar, Humberto me regaló una anécdota que siempre me hace recordar con alegría mi infancia y a mi compañera le obsequió algo que puede ser descrito como “¡una foto de huevos!”.

La línea editorial

No, por línea editorial. Eso me han dicho muchas veces.
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Esa frase es la kriptonita del periodista libre, imparcial y objetivo o por lo menos de aquellos que creen que podrán llegar a serlo. Todos los que algún día soñamos con convertirnos en periodistas anhelamos ser como Carl Bernstein y Bob Woodward que sacaron a la luz el escándalo Watergate. Ya jodido queremos ser como Lalo Salazar que puede presumir de haber sido corresponsal de guerra.
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Pero para llegar ahí, se tiene que circular por una frontera, la línea editorial. Este término equivale al filtro que todo medio establece para decir qué publica y qué no, qué transmite y qué no. Puede ser tan amplia y poco específica como “somos un periódico de izquierda” hasta “los de la marca x son nuestros amigos”. Además, la línea puede cambiar como nosotros cambiamos de calzones. Un día se puede amar a una empresa y al otro día pegarle con saña. En la mañana se puede decidir no hablar de tal organismo y en la noche se procede a alabarlo.
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Mi primer encuentro con la dichosa línea fue cuando trabajé en una revista. Era mi primer trabajo como redactor – reportero y me habían pasado una nota muy interesante. En Argentina demandarían a Coca-Cola por fusilarse descaradamente una canción para su comercial. Era noticia y de primera plana. Busqué los datos, los analicé, creé una bonita nota y se la fui a enseñar a mi jefe. Al leer Coca-Cola, me ordenó que se la enseñara al director general y él decidiría. Al hacer esto, tuve mi primer encuentro con la pinche línea editorial. Me dijo que la nota no saldría. No tenía caso y Coca-Cola era nuestra amiga. Furibundo e impotente me dirigí a mi escritorio e hice pedazos la nota. Había desperdiciado más de media hora de mi ocupado día.
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A esa nota que se quedó en el tintero le siguieron otras. Luego, aprendí a primero preguntar si se podía publicar antes de redactar una sola letra. Después, ya más o menos sabía que sí y que no. Era una puta más del sistema y además el salario era otra cogida.
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Después, ingresé a una televisora donde fue un gran cambio. De hablar casi exclusivamente de marcas y compañías, aquí todas las marcas estaban prohibidas. Cuando el navegador Chrome de Google fue lanzado le comenté a mi jefe y dijo que no. Le comenté lo importante que era no sólo en el ámbito tecnológico, sino también económico, financiero, etcétera. La respuesta fue la de siempre “es marca así que no”.
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En estos años de ser cercado por la frontera casi siempre infranqueable de la línea editorial, ya la entiendo. No la justifico, ni la apruebo, pero la entiendo. Básicamente aplica el “no nos metamos en pedos”. Sobre todo porque la línea editorial generalmente va vinculada a dos entidades, el gobierno o los anunciantes.
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Los anunciantes compran publicidad y con ello pagan parte importante de los costos del medio. ¿Usted los enfrentaría con el riesgo de enemistarse? Piénselo así, si su suegro lo invita a cenar a un restaurante carísimo, pero él va con una corbata horrorosa, ¿usted le diría que su corbata está fea? Claro que no. Seguramente si le pregunta le contestaría que está di-vi-na. No se trata de ser hipócrita, sino de “no morder la mano del amo”.
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El gobierno es otro tema. Muchos medios no se quieren meter en broncas con el gobierno por razones más que obvias. Aunque el compromiso de todo periodista debería ser exponer la verdad, hay que escoger qué batallas luchar. Si llega un video de una patrulla pasándose un alto, ¿cree que vale la pena difundirlo y enemistarse con los azules? Yo creo que no. Por supuesto que si algo grave sucede o compromete intereses de la nación, es obligación del medio darlo a conocer.
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También es cierto que algunos medios lo utilizan para ostentar el Cuarto Poder y conseguir favores o trato especial.
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Por el otro lado, algunos de nosotros somos rebeldes por naturaleza y continuamos con la idea de que no deberían existir las líneas editoriales. Por lo que un día “como que decimos esto”, otro “como que lanzamos esta pregunta”, mañana “como que pasamos este video”, en tres días “chin, se nos ‘fue’ esto”. Pequeñas victorias contra el gorila de la censura.
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La línea editorial es un delgado equilibrio entre la verdad que TIENE que ser contada y aquella que puede ser omitida. De jóvenes todos somos comunistas y rebeldes, de adultos todos somos capitalistas y dóciles.

Fascismo fotográfico

“No puede tomar fotos, joven”.

Eso fue lo que me dijo un chaparro vigilante de seguridad pública de Plaza Zentro en Polanco con una sonrisa que mostraba la pena que le daba decirme eso, pero también la satisfacción de ejercer el diminuto poder que alguien le confirió. Harto de la frase que he escuchado tantas veces respondí: “Discúlpeme, no es por ser grosero, pero estoy en la calle, así que no me puede decir nada.” Desconcertado, procedió a dar más argumentos: “Pues sí, pero no puede tomarle fotos a la plaza. El encargado se enoja”. Yo no le hice caso y tomé la foto. Ahí fue cuando blandió el instrumento de su poder. Sacó el walkie talkie.

Momentos después, otro pequeño guardián de la plaza se le unió. Ya tenía a Ren y a Stimpy enfrente de mí. Mientras se veían el uno al otro con cara de “¿Y ahora qué pedo?”, tomé otra foto.
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Polanco
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Como el incidente crecía en intensidad y nunca me han gustado las confrontaciones, sobre todo las que no tienen caso, apagué mi cámara, plegué mi tripiecito y me despedí con un sarcástico “Buenas noches”.

Avancé y guardé la foto en la memoria interna de la cámara. Táctica depurada de aquellos que nos consideramos rebeldes. Ya saben, por aquello de las represalias y el “a ver joven, el poli le dijo que no se podían tomar fotos”.

Continué mi camino por la avenida Presidente Masaryk, el Campos Elíseos región 4, mientras meditaba acerca de quiénes creen que son estos cabrones. Me refiero a policías, vigilantes, tipos mamones enfundados en trajes oscuros. Son los cancerberos de los dueños de algún negocio o franquicia de una importante marca. Estos últimos no permiten que un simple mortal tome fotos de la fachada de su comercio.

¿Cuáles son las razones?

¿Terrorismo? ¡Ja! ¡No mamen! ¿Quién quiere volar su pinche tiendita y más en México?

¿Vandalismo? Hace unas semanas unos sujetos aventaron latas de gas butano contra tiendas de Polanco, precisamente en esa avenida. No creo que primero hayan ido a retratar sus pinches fachadas. Fueron, explotaron las latas y se pelaron. Ninguna fotografía estuvo involucrada.

¿Proteger la marca/fachada de ser copiada? Si quieren las copian. Las fotos están en los sitios oficiales de las compañías.

¿Será que, si la vendo, comercio con su marca? Entonces pongan sus locales en centros comerciales para que sea propiedad privada. El que su marca salga en mi foto es lo mínimo que pueden hacer en retribución al hecho de que plagan mi ciudad con anuncios de sus productos. Aguántense.

Entonces, ¿es simplemente por mamones o simplemente por joder?

Estoy harto de que me digan que no puedo tomar fotos cuando estoy en la calle. Te hablo a ti, pinche gorila mamón de Cartier; a ti, pinche policía bancario de Centro Coyoacán; a ti, pinche apache de Garabatos Polanco; a ti, poli de Plaza Loreto.
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Cartier
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Pero no sólo los emblemas del capitalismo le temen a la fotografía, también las instituciones de gobierno. En el Metro de la ciudad de México un loco puede matar a dos personas a balazos y de las autoridades ni sus luces, pero no se le ocurra a alguien tomar una foto, porque les caerán y serán tratados como la peor escoria.

Metro Barranca del Muerto

Así es que a todos ustedes que aterrorizan y amedrentan a los amantes de la fotografía, les dedico este artículo. Son miembros de un fascismo que no debería existir. Siéntanse orgullosos, retrógrados.

Mi lente seguirá captando todo lo que le parece bello. El mundo no es de ustedes, tan sólo su marca.

Nota: Queridos lectores, pueden usar libremente las fotos contenidas en esta entrada. Son mi regalo para ustedes y mi contribución para un mundo sin fascismo fotográfico.

Sal a jugar

Le comenté a mi padre sobre lo maravilloso que es mi nuevo juego de video de futbol. A lo que mi guía en la vida me respondió que mejor saliera a jugar futbol. No comprende que en el mundo virtual puedo anotar goles en el Estadio Azteca, echarme chilenas, driblar a medio equipo y ganar copas internacionales.

Pero sí, he vivido el jugar futbol en la calle, el detener el partido cuando alguien iba a pasar, el pensar en si nos metíamos a la casa cuando empezaba a llover (y nos quedábamos a jugar a pesar de acabar empapados), driblé a señoras con el mandado, eludí al poli que nos quería quitar el balón, metí goles que rebotaron en la portería (quiero decir el poste de la calle), sudé playeras y me raspé las rodillas… En fin, tantos campeonatos de banqueta, tantos momentos cumbre presenciados por peatones. Hasta rompimos uno que otro vidrio y fuimos tachados de villanos del barrio.

Entrar a un equipo amateur o llanero nunca me llamó la atención. La disciplina y el ejercicio sin diversión nunca han sido lo mío. Además, en el llano el futbol se mezcla con la lucha libre. En cuanto a ingresar al futbol profesional, nunca fui tan bueno como para pensar en probarme para algún equipo. Ni siquiera para los “maletas” de Calle del Toro número 100.

También fui al estadio. Conocí a cientos de jugadores; les pedí autógrafos a muchos; me tomé fotos con algunos. Hugo Sánchez, René Higuita, Berndt Schuster, Emilio Butragueño, Jorge Campos… Todos ellos mancharon de tinta mis recuerditos. Algunos de ellos lo hicieron con mucho gusto, para otros fue simplemente parte del trabajo. Hugo Sánchez accedió a firmarme una foto sin ponerle mi nombre con la condición de que no la vendiera (todavía la tengo, Hugol). Estuve ahí, sí señores, yo presencié cuando Butragueño saltó para evitar a los admiradores, cuando el “Ratón” Zárate casi se agarra a golpes con un aficionado; cuando Adolfo Ríos mostró que las estrellas también pueden ser amables; cuando Jorge Campos se bajó de su poderoso BMW 750i para firmarle a un niño que tocaba a la puerta de su bólido.

Viví pequeños grandes momentos en el estadio. Desde el muy cotorro grito del paletero “la paletooooooooootaaaaaaaaaa” hasta el curioso “¡Tortas!” que algún maloso respondía con “¡Dame 2!” o “¡Échame unas pa’cá!”. También vi como el precio de las capas (ponchos, impermeables o similares) podía ser de cincos pesos al llegar al estadio, subir a 10 cuando empezaba el “chipi chipi” e incrementarse a 15 o 20 morlacos cuando la lluvia se volvía terrible. Buenos comerciantes esos caperos.

Me mojaron de cerveza y, posiblemente, también de agua de riñón.

Vi crecer a la Rebel de un pequeño grupo a una poderosa porra.

Corrí hacia la hinchada del Cruz Azul con un grupo de salvajes como yo. Fuimos recibidos a golpes y banderazos, pero los refuerzos “se dejaron venir” y pudimos lanzar un Goya en plena porra del Cruz Azul. ¿Cómo les quedó el ojo? Porque a mí el cuello me quedó con un rasguño de un banderazo. Momento capturado y transmitido en DeporTV. Sí, con todo y José Ramón Fernández.

Así es que, no padre, gracias. Hoy no quiero salir a jugar, ni ir al estadio. Hoy sólo quiero derrotar al Real Madrid porque mañana, mañana tengo que trabajar.