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“¿Cómo se llama esa canción?”

A todos nos ha pasado que escuchamos una canción en algún lugar, nos gusta y deseamos conseguirla. Ya sea para comprar el CD, traerla en el “aipod” o simplemente por el capricho de “a huevo” saber. Eso me pasó con una “rola”, pero en modo superlativo.

Corría el año de… hummm… no recuerdo, pero sonó padre para iniciar mi narración, ¿no? Ejem… comenzaré de nuevo.

Hace muchos años, tal vez más de 20, escuché una canción que me encantó. Era como una mezcla de pop, con algo de electrónico y un ritmo frenético. La escuché varias veces y me hacía muy feliz escucharla. En vano puse atención en diversas ocasiones para tratar de pescar el nombre de la elusiva canción. Parecía una maldición, era la última canción de las emisiones radiales así que no oía cuando decían quién la había interpretado o cómo se llamaba.

Decidí grabarla en un casete (sí, esos artículos con dos hoyitos en los que “los rucos” oíamos música) y mostrársela a cuanto mortal cruzaba mi camino. Generalmente la plática comenzaba con algo similar a “Tú pareces alguien que sabe de música”. Seguido de un “A lo mejor conoces esta canción. Si es así, te construiré un monumento”. Infructuosamente conduje ese experimento durante años. Algunos lo intentaron al decir “suena como”, “creo que es”, etcétera. Todas las canciones que sugirieron las escuché. No, no era la “rola” que yo amaba.

Pasaron los años y mi única conexión con esa canción era mi traqueteado casete. No podía comprar el disco si no sabía cómo se llamaba. Parecía que mi disfrute siempre estaría ligado al casete y que por los siglos de los siglos gozaría con una canción cuyo nombre me era desconocido.

De vez en cuando la escuchaba por ahí. La melodía parecía burlarse de mí. La letra para mí sonaba como “No sabes cómo me llamo y eres un gran perdedor”. Pero mi empeño (necedad) es más grande que la susodicha melodía. Nunca dejé de preguntarle a cualquier persona con esbozos de melómano.

Un día le mostré la canción a un amigo y otra vez cayó en el “me suena a”, “creo que”. Acostumbrado a la rutina posterior a la pregunta, busqué el título que me había dado en Internet.

Si algún día he presenciado un milagro, ese fue el día.

Comencé a escuchar la canción que me había perseguido por años, que por meses y meses se había burlado de mi casi nula formación musical, que había eludido todos mis interrogatorios y que se me había escondido como si yo fuera la peste.

La felicidad era total. A lo mejor pensarán “es sólo una tonta canción”, pero para un adolescente era la solución a uno de los enigmas que habían plagado su existencia. El nombre de la canción se revelaba ante mí. Había vencido a una melodía. La victoria final era mía.

Reí, brinqué y fui feliz. Seis años o más de búsqueda habían llegado a su fin.

Siempre recordaré con cariño la canción que me enseñó a nunca darme por vencido. Por irrelevante que sea la misión.

Hoy sé que esa canción se llama “Nowhere Fast” y que la interpreta Fire, Inc.

Platillo secreto

Baguette de pollo al pastor…

Es lo que siempre ordeno cuando voy a mi restaurante favorito, aunque no se encuentra en el menú.

Es el mejor platillo de ese lugar, aquel sabroso alimento que me hacía ir y ni siquiera ver el menú. Siempre sabía que eso era lo que quería y nada más.

Hasta aquel fatídico día en el que ingresé al sacrosanto restaurante casual de mis amores y vi que habían cambiado el menú. La mayor sorpresa y la más triste fue ver que había desaparecido mi amada baguette de pollo al pastor.

Mandé a llamar al gerente y con tristeza le comenté sobre el fallecimiento de mi amada pieza de pan con ave al pastor. El alto mando me explicó que los platillos son por temporada y que pueden cambiar con base en la demanda. Impávido y en estado de shock reflexionaba sobre cómo era posible que los demás no hubieran descubierto el gran manjar que era esa baguette. Con tristeza la recordaba y sufría su pérdida.

De repente se hizo la luz. El gerente ofreció seguirla preparando mientras hubiera los insumos necesarios para ese propósito. “Déjeme ver” o algo por el estilo mencionó y se dirigió a la cocina. No regresó, pero el mesero me colocó en la mesa mostaza, catsup y demás menjurjes que pronosticaban la llegada de mi adorado platillo. Momentos después, arribó.

Hasta la fecha sigo yendo y pido mi baguette de pollo al pastor. Incluso a veces desconcierto a meseros novatos que espetan: “¿Baguette dorada?” a lo que mamonamente respondo “No, es baguette de pollo al pastor. No se encuentra en el menú, pero siempre me la preparan”.

Pocos pueden decir que en uno de sus restaurantes favoritos tienen un platillo secreto que sólo ellos conocen.

Otro

“Otro” es tan sólo “otra” palabra, pero tiene muchas implicaciones.

En relaciones de noviazgo, matrimonio o relaciones humanas puede significar el principio del conformismo, del acostumbrarnos a cosas que no deberíamos tolerar si queremos ser felices y si creemos que merecemos lo mejor. “Otra” pelea sin sentido, “otra” infidelidad, “otra” vez me pegó… Todos esos otra quiere decir que ya nos la hicieron alguna vez y de nuevo lo permitimos. A veces son pequeñas cosas sin importancia que minan la relación, como “otra” vez me canceló; hasta lo verdaderamente grave, como “otra” vez me pegó.

En cuestiones de gobierno y de países puede reflejar el tipo de país en el que vivimos y cómo son sus habitantes. “Otro” asesinato, “otro” atentado, lo asaltaron “otra” vez. Como en España donde la ETA “otra” vez cometió un atentado, en Estados Unidos donde “otra” tragedia ocurrió en un campus universitario o en la frontera de México donde “otra” vez hubo una ejecución.

En cuestiones laborales puede representar la falta de compromiso y responsabilidad de las personas. “Otra” vez el jefe no vino, esa es “otra” persona que no paga impuestos, “otra” vez me tuve que quedar tiempo extra sin paga adicional.

La Real Academia de la Lengua define “otro” como “Dicho de una persona o de una cosa: Distinta de aquella de que se habla”. En estos casos hablamos de lo mismo, pero repetido en diversas ocasiones. ¿Por qué permitimos todas estas conductas que no aprobamos, que no nos parecen adecuadas, que nos molestan, que afectan nuestras vidas?

Tal vez porque esperamos que el “otro” sea quien cambie su actitud.

El alfajor

Me hizo sentir muy orgulloso…

Una amiga y yo paseábamos por un centro comercial cuando se le antojó una empanada. La acompañé a comprarla y en el mostrador había unos alfajores (manera elegante de decir galletas). Como se veían muy buenos, decidí llevar uno. Así que pagamos y nos dijeron que el dispositivo que nos entregaron vibraría cuando estuviera lista la orden. Pregunté si me podía llevar de una vez el alfajor, a lo que la encargada respondió que sí.

Nos fuimos a una mesa a platicar y después de un rato vibró el frisbee eléctrico. Fui a recoger la orden y llegué cuando metían en la bolsita un alfajor. Le dije a la empleada: “No, el alfajor ya me lo entregaron”. Se volteó el gerente y le dijo: “Dale el alfajor”. La empleada y yo estábamos “sacados de onda”. El gerente agarró el alfajor (¿cuántas veces escribiré alfajor en este post?) y lo metió a la bolsa. Le dijo a su subordinada: “¿Cuántas personas en la actualidad hacen eso? Tener la honestidad de decir que ya se los entregamos.” Yo todo apenado, pero feliz no sabía qué hacer. Comenté algo estúpido como “así me educaron” (insertar aquí risa apenada). Agarré la bolsa, di las gracias y me dirigí a nuestra mesa.

Mi padre me educó a que nunca tomara lo que no es mío y que nunca sacara provecho de los errores de los demás. Porque si nos dan el cambio mal o nos entregan productos que no pagamos, no son gratis, alguien va a pagar por ellos. Lo más probable, la cajera.

Todas esas lecciones de niño, esos principios inculcados hoy me hicieron sentir muy orgulloso. Orgulloso de tener principios y usarlos en mi vida cotidiana.

Romance a la italiana

Ella era simplemente hermosa.

Fue durante unas vacaciones por Europa con mi mamá. Estábamos en Roma, Italia. Yo me encontraba en la que considero mi mejor época. Era delgado, tenía 25 años y una buena melena producto de varios meses de dejarla crecer.

Paseaba despreocupado por la ciudad cuando noté a una chica hermoooooooooosa que me veía atentamente. Si no mal recuerdo (porque ya han pasado nueve años), ella era rubia, de ojos azules, con el cabello a la altura del hombro, muy delgadita.

Siempre he sido un pelmazo para darme cuenta cuando le gusto a alguna mujer, pero pude darme cuenta de que a ella, yo le había gustado. Pensé que a lo mejor alucinaba y que todo era un espejismo, pero mi madre me mencionó que sí, efectivamente a esa chica le había gustado.

Me animó a ir a hablar con ella, pero yo le respondí que era una chavita. Ella debe haber tenido entre 16 y 18 años. Para un joven de 25, eso ya era delito. Como decimos en México, “olía a Ministerio Público”. Tengo que aceptar que siempre he sido un cobarde en cuestión de mujeres. Soy muy tímido. Realmente no sé qué tan válidas eran mis razones, pero me negué. Mi madre argumentaba que ella me daba entrada, que la edad no importaba, que las cosas eran diferentes en Europa y miles de porras más.

Me impresionó y me halagó la manera en la que me veía. Puede parecer poco objetivo que yo diga que parecía que me quería comer, pero así lo sentía, era como cuando uno siente que alguien recorre nuestro cuerpo con la mirada. Esa era la sensación (y tengo testigos). Me sentía como que yo fuera lo único en la calle, así era su mirada. Parecerá una exageración, pero podía sentir lo que le inspiraba. Me hizo sentir bien, sonreí y me sonrojé.

Mis memorias respecto a ella no están muy claras. Recuerdo habérmela encontrado en dos ocasiones. Una de ellas en la entrada al Vaticano (¿habrá sido esa una señal?). Estaba con su padre, un hombre un poco menos rubio, muy alto y delgado. Tengo muy grabado en mi mente que ella me sonrió y me miraba fijamente. Creo que mi madre de nuevo insistió en que fuera a hablar con ella. El cobarde de mí, de nuevo dijo que no. Pesó el hecho de haber visto a su padre fue un argumento más para decir “es una mocosa”.

Después se esfumó y sólo me quedó esta anécdota.

Nunca supe nada de ella, pero siempre la recordaré como la joven/niña/mujer que me subió el ego hasta el tope y como una experiencia agradable que siempre es capaz de hacerme sonreír y sentir bien.

Una huilita de ocasión

“Bro, hay show”…

Así empezó una noche que siempre recordaré como increíble, impactante y muy divertida.

Show es el término que mi Bro (hermano por elección y no biológico) y yo usamos para describir que algún vecino muestra sus partes corpóreas al descubierto en alguna de las ventanas del edificio de enfrente.

Esa noche, el show fue especial…

Llegábamos de la fiesta en la ciudad. No recuerdo si fue por mi cumpleaños o simplemente por pasar el rato. El caso es que yo estaba en mi cuarto y él en el suyo. Entró apresuradamente al mío y gritó la frase “Bro, hay show”. Mi respuesta inmediata fue preguntar dónde, motivo por el cual lo seguí a la sala. Me indicó que volteara a la última ventana del sexto piso. Lo que vi, puso una gran sonrisa en mi cara.

El interior de ese cuarto estaba iluminado por un “foco pelón”, es decir, el foco sin pantalla, plafón o algo que disminuyera su luminosidad. Se apreciaba una cama. Encima de ella estaban un hombre y una mujer. Ambos gozaban de sexo oral o como se le dice en el lenguaje barriobajero, de un sabroso “mamey”. Me imagino que quien más gozaba era él. Aunque a la muchacha se le veía bastante hambrienta (golosa).

Mi Bro y yo nos carcajeábamos, hacíamos comentarios bastante corrientes y disfrutábamos de la surreal escena. ¿Alguna vez se han sentido como parte de una película? Pues esto era La Ventana Indiscreta, Bajos Instintos y alguna de Sasha Montenegro.

Poco después, las cosas cambiaron; en el sexto piso, por supuesto. El fulano procedió a penetrarla por la parte posterior. Bueno, como se dice en la calle, “la puso de perrito y se la dejó Irene”. Arrimón completo. Después de saciar sus pasiones, el sujeto salió del cuarto y se dirigió a la sala. En el camino se amarró los pantalones. No hubo un beso, un abrazo y casi seguro ni un “te quiero”. Se reunió con otros dos hombres que ya lo esperaban en la estancia. La mujer, que estaba completamente desnuda, se quedó a vestirse. Por todo lo anterior, asumimos que se trataba de una chica de la vida galante. Una “huilita de ocasión”.

Creo que esa noche todos resultamos ganadores. Los suertudos sujetos, la dispuesta “dama” y un par de observadores que consiguieron boleto en el palco de los pervertidos.

Una foto de huevos

Era fin de cursos en mi escuela primaria…

Todos expresaban buenos deseos hacia sus camaradas, pedían los unos a los otros que les firmaran la camiseta del uniforme y se tomaban fotos. En fin, una orgía de amor y amistad. Disney estaría feliz. Pero un amigo estaba a punto de darle a una compañera un recuerdo que nunca olvidaría: una foto de huevos.

Humberto era conocido en nuestra primaria como el típico chico rudo. Su comportamiento haría pensar que hasta era malo, pero a esa edad pocos son realmente malos, él sólo era travieso. Fue uno de los primeros en desarrollarse, así que era de los más altos del salón y, la verdad, era bastante imponente. Siempre bromeaba, comandaba acciones y, la neta, chingaba bastante.

Ese día, una chica llevó una cámara. En ese entonces, aquellas cámaras usaban un rollo fotográfico que era como un cartucho con dos cabezas que se insertaban en un compartimento. La chava, cuyo nombre o cara no recuerdo (seguramente por ser irrelevante a la anécdota) tomaba alegremente fotos, hasta que Humberto le pidió la cámara. Creo que en la mente sana de todos, uno pensaría que retrataría algún objeto del salón, a algún compañero o captaría un momento indeleble de nuestra infancia, pero no. Se trataba de Humberto.

Humberto procedió a jalar con el dedo su pantalón y a apuntar la cámara hacia sus partes más privadas. Instantes después, presionó el botón y, muy orgulloso de su proeza, le devolvió la cámara a su dueña. Un momento, ¿qué acababa de pasar ahí? Este fulano se acababa de retratar las gónadas (sí, los huevos) con una cámara ajena. Honestamente, no recuerdo mi reacción. Tal vez fue una gran cara de sorpresa, tal vez fue una risa traviesa o, lo más característico en mí, una sonrisa tímida.

Posiblemente lo que más risa me da es imaginar qué habrá pasado después. ¿Habrá guardado ese rollo durante años? ¿Lo habrá mandado a revelar inmediatamente? ¿Salió bien la foto? ¿Salió oscura? ¿Alguien vio la foto del pene y los testículos de un niño de alrededor de 11 años y decidió llamar a las autoridades? ¿Cuál fue el destino de esa fotografía?

Sea cuál haya sido su destino, en ese momento de genio (maléfico), de niño travieso, de pícaro, de atrevido, de grosero, de cómo lo quieran llamar, Humberto me regaló una anécdota que siempre me hace recordar con alegría mi infancia y a mi compañera le obsequió algo que puede ser descrito como “¡una foto de huevos!”.

La línea editorial

No, por línea editorial. Eso me han dicho muchas veces.
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Esa frase es la kriptonita del periodista libre, imparcial y objetivo o por lo menos de aquellos que creen que podrán llegar a serlo. Todos los que algún día soñamos con convertirnos en periodistas anhelamos ser como Carl Bernstein y Bob Woodward que sacaron a la luz el escándalo Watergate. Ya jodido queremos ser como Lalo Salazar que puede presumir de haber sido corresponsal de guerra.
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Pero para llegar ahí, se tiene que circular por una frontera, la línea editorial. Este término equivale al filtro que todo medio establece para decir qué publica y qué no, qué transmite y qué no. Puede ser tan amplia y poco específica como “somos un periódico de izquierda” hasta “los de la marca x son nuestros amigos”. Además, la línea puede cambiar como nosotros cambiamos de calzones. Un día se puede amar a una empresa y al otro día pegarle con saña. En la mañana se puede decidir no hablar de tal organismo y en la noche se procede a alabarlo.
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Mi primer encuentro con la dichosa línea fue cuando trabajé en una revista. Era mi primer trabajo como redactor – reportero y me habían pasado una nota muy interesante. En Argentina demandarían a Coca-Cola por fusilarse descaradamente una canción para su comercial. Era noticia y de primera plana. Busqué los datos, los analicé, creé una bonita nota y se la fui a enseñar a mi jefe. Al leer Coca-Cola, me ordenó que se la enseñara al director general y él decidiría. Al hacer esto, tuve mi primer encuentro con la pinche línea editorial. Me dijo que la nota no saldría. No tenía caso y Coca-Cola era nuestra amiga. Furibundo e impotente me dirigí a mi escritorio e hice pedazos la nota. Había desperdiciado más de media hora de mi ocupado día.
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A esa nota que se quedó en el tintero le siguieron otras. Luego, aprendí a primero preguntar si se podía publicar antes de redactar una sola letra. Después, ya más o menos sabía que sí y que no. Era una puta más del sistema y además el salario era otra cogida.
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Después, ingresé a una televisora donde fue un gran cambio. De hablar casi exclusivamente de marcas y compañías, aquí todas las marcas estaban prohibidas. Cuando el navegador Chrome de Google fue lanzado le comenté a mi jefe y dijo que no. Le comenté lo importante que era no sólo en el ámbito tecnológico, sino también económico, financiero, etcétera. La respuesta fue la de siempre “es marca así que no”.
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En estos años de ser cercado por la frontera casi siempre infranqueable de la línea editorial, ya la entiendo. No la justifico, ni la apruebo, pero la entiendo. Básicamente aplica el “no nos metamos en pedos”. Sobre todo porque la línea editorial generalmente va vinculada a dos entidades, el gobierno o los anunciantes.
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Los anunciantes compran publicidad y con ello pagan parte importante de los costos del medio. ¿Usted los enfrentaría con el riesgo de enemistarse? Piénselo así, si su suegro lo invita a cenar a un restaurante carísimo, pero él va con una corbata horrorosa, ¿usted le diría que su corbata está fea? Claro que no. Seguramente si le pregunta le contestaría que está di-vi-na. No se trata de ser hipócrita, sino de “no morder la mano del amo”.
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El gobierno es otro tema. Muchos medios no se quieren meter en broncas con el gobierno por razones más que obvias. Aunque el compromiso de todo periodista debería ser exponer la verdad, hay que escoger qué batallas luchar. Si llega un video de una patrulla pasándose un alto, ¿cree que vale la pena difundirlo y enemistarse con los azules? Yo creo que no. Por supuesto que si algo grave sucede o compromete intereses de la nación, es obligación del medio darlo a conocer.
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También es cierto que algunos medios lo utilizan para ostentar el Cuarto Poder y conseguir favores o trato especial.
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Por el otro lado, algunos de nosotros somos rebeldes por naturaleza y continuamos con la idea de que no deberían existir las líneas editoriales. Por lo que un día “como que decimos esto”, otro “como que lanzamos esta pregunta”, mañana “como que pasamos este video”, en tres días “chin, se nos ‘fue’ esto”. Pequeñas victorias contra el gorila de la censura.
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La línea editorial es un delgado equilibrio entre la verdad que TIENE que ser contada y aquella que puede ser omitida. De jóvenes todos somos comunistas y rebeldes, de adultos todos somos capitalistas y dóciles.

Fascismo fotográfico

“No puede tomar fotos, joven”.

Eso fue lo que me dijo un chaparro vigilante de seguridad pública de Plaza Zentro en Polanco con una sonrisa que mostraba la pena que le daba decirme eso, pero también la satisfacción de ejercer el diminuto poder que alguien le confirió. Harto de la frase que he escuchado tantas veces respondí: “Discúlpeme, no es por ser grosero, pero estoy en la calle, así que no me puede decir nada.” Desconcertado, procedió a dar más argumentos: “Pues sí, pero no puede tomarle fotos a la plaza. El encargado se enoja”. Yo no le hice caso y tomé la foto. Ahí fue cuando blandió el instrumento de su poder. Sacó el walkie talkie.

Momentos después, otro pequeño guardián de la plaza se le unió. Ya tenía a Ren y a Stimpy enfrente de mí. Mientras se veían el uno al otro con cara de “¿Y ahora qué pedo?”, tomé otra foto.
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Polanco
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Como el incidente crecía en intensidad y nunca me han gustado las confrontaciones, sobre todo las que no tienen caso, apagué mi cámara, plegué mi tripiecito y me despedí con un sarcástico “Buenas noches”.

Avancé y guardé la foto en la memoria interna de la cámara. Táctica depurada de aquellos que nos consideramos rebeldes. Ya saben, por aquello de las represalias y el “a ver joven, el poli le dijo que no se podían tomar fotos”.

Continué mi camino por la avenida Presidente Masaryk, el Campos Elíseos región 4, mientras meditaba acerca de quiénes creen que son estos cabrones. Me refiero a policías, vigilantes, tipos mamones enfundados en trajes oscuros. Son los cancerberos de los dueños de algún negocio o franquicia de una importante marca. Estos últimos no permiten que un simple mortal tome fotos de la fachada de su comercio.

¿Cuáles son las razones?

¿Terrorismo? ¡Ja! ¡No mamen! ¿Quién quiere volar su pinche tiendita y más en México?

¿Vandalismo? Hace unas semanas unos sujetos aventaron latas de gas butano contra tiendas de Polanco, precisamente en esa avenida. No creo que primero hayan ido a retratar sus pinches fachadas. Fueron, explotaron las latas y se pelaron. Ninguna fotografía estuvo involucrada.

¿Proteger la marca/fachada de ser copiada? Si quieren las copian. Las fotos están en los sitios oficiales de las compañías.

¿Será que, si la vendo, comercio con su marca? Entonces pongan sus locales en centros comerciales para que sea propiedad privada. El que su marca salga en mi foto es lo mínimo que pueden hacer en retribución al hecho de que plagan mi ciudad con anuncios de sus productos. Aguántense.

Entonces, ¿es simplemente por mamones o simplemente por joder?

Estoy harto de que me digan que no puedo tomar fotos cuando estoy en la calle. Te hablo a ti, pinche gorila mamón de Cartier; a ti, pinche policía bancario de Centro Coyoacán; a ti, pinche apache de Garabatos Polanco; a ti, poli de Plaza Loreto.
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Cartier
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Pero no sólo los emblemas del capitalismo le temen a la fotografía, también las instituciones de gobierno. En el Metro de la ciudad de México un loco puede matar a dos personas a balazos y de las autoridades ni sus luces, pero no se le ocurra a alguien tomar una foto, porque les caerán y serán tratados como la peor escoria.

Metro Barranca del Muerto

Así es que a todos ustedes que aterrorizan y amedrentan a los amantes de la fotografía, les dedico este artículo. Son miembros de un fascismo que no debería existir. Siéntanse orgullosos, retrógrados.

Mi lente seguirá captando todo lo que le parece bello. El mundo no es de ustedes, tan sólo su marca.

Nota: Queridos lectores, pueden usar libremente las fotos contenidas en esta entrada. Son mi regalo para ustedes y mi contribución para un mundo sin fascismo fotográfico.

Sal a jugar

Le comenté a mi padre sobre lo maravilloso que es mi nuevo juego de video de futbol. A lo que mi guía en la vida me respondió que mejor saliera a jugar futbol. No comprende que en el mundo virtual puedo anotar goles en el Estadio Azteca, echarme chilenas, driblar a medio equipo y ganar copas internacionales.

Pero sí, he vivido el jugar futbol en la calle, el detener el partido cuando alguien iba a pasar, el pensar en si nos metíamos a la casa cuando empezaba a llover (y nos quedábamos a jugar a pesar de acabar empapados), driblé a señoras con el mandado, eludí al poli que nos quería quitar el balón, metí goles que rebotaron en la portería (quiero decir el poste de la calle), sudé playeras y me raspé las rodillas… En fin, tantos campeonatos de banqueta, tantos momentos cumbre presenciados por peatones. Hasta rompimos uno que otro vidrio y fuimos tachados de villanos del barrio.

Entrar a un equipo amateur o llanero nunca me llamó la atención. La disciplina y el ejercicio sin diversión nunca han sido lo mío. Además, en el llano el futbol se mezcla con la lucha libre. En cuanto a ingresar al futbol profesional, nunca fui tan bueno como para pensar en probarme para algún equipo. Ni siquiera para los “maletas” de Calle del Toro número 100.

También fui al estadio. Conocí a cientos de jugadores; les pedí autógrafos a muchos; me tomé fotos con algunos. Hugo Sánchez, René Higuita, Berndt Schuster, Emilio Butragueño, Jorge Campos… Todos ellos mancharon de tinta mis recuerditos. Algunos de ellos lo hicieron con mucho gusto, para otros fue simplemente parte del trabajo. Hugo Sánchez accedió a firmarme una foto sin ponerle mi nombre con la condición de que no la vendiera (todavía la tengo, Hugol). Estuve ahí, sí señores, yo presencié cuando Butragueño saltó para evitar a los admiradores, cuando el “Ratón” Zárate casi se agarra a golpes con un aficionado; cuando Adolfo Ríos mostró que las estrellas también pueden ser amables; cuando Jorge Campos se bajó de su poderoso BMW 850i para firmarle a un niño que tocaba a la puerta de su bólido.

Viví pequeños grandes momentos en el estadio. Desde el muy cotorro grito del paletero “la paletooooooooootaaaaaaaaaa” hasta el curioso “¡Tortas!” que algún maloso respondía con “¡Dame 2!” o “¡Échame unas pa’cá!”. También vi como el precio de las capas (ponchos, impermeables o similares) podía ser de cincos pesos al llegar al estadio, subir a 10 cuando empezaba el “chipi chipi” e incrementarse a 15 o 20 morlacos cuando la lluvia se volvía terrible. Buenos comerciantes esos caperos.

Me mojaron de cerveza y, posiblemente, también de agua de riñón.

Vi crecer a la Rebel de un pequeño grupo a una poderosa porra.

Corrí hacia la hinchada del Cruz Azul con un grupo de salvajes como yo. Fuimos recibidos a golpes y banderazos, pero los refuerzos “se dejaron venir” y pudimos lanzar un Goya en plena porra del Cruz Azul. ¿Cómo les quedó el ojo? Porque a mí el cuello me quedó con un rasguño de un banderazo. Momento capturado y transmitido en DeporTV. Sí, con todo y José Ramón Fernández.

Así es que, no padre, gracias. Hoy no quiero salir a jugar, ni ir al estadio. Hoy sólo quiero derrotar al Real Madrid porque mañana, mañana tengo que trabajar.