“¿Cómo se llama esa canción?”
A todos nos ha pasado que escuchamos una canción en algún lugar, nos gusta y deseamos conseguirla. Ya sea para comprar el CD, traerla en el “aipod” o simplemente por el capricho de “a huevo” saber. Eso me pasó con una “rola”, pero en modo superlativo.
Corría el año de… hummm… no recuerdo, pero sonó padre para iniciar mi narración, ¿no? Ejem… comenzaré de nuevo.
Hace muchos años, tal vez más de 20, escuché una canción que me encantó. Era como una mezcla de pop, con algo de electrónico y un ritmo frenético. La escuché varias veces y me hacía muy feliz escucharla. En vano puse atención en diversas ocasiones para tratar de pescar el nombre de la elusiva canción. Parecía una maldición, era la última canción de las emisiones radiales así que no oía cuando decían quién la había interpretado o cómo se llamaba.
Decidí grabarla en un casete (sí, esos artículos con dos hoyitos en los que “los rucos” oíamos música) y mostrársela a cuanto mortal cruzaba mi camino. Generalmente la plática comenzaba con algo similar a “Tú pareces alguien que sabe de música”. Seguido de un “A lo mejor conoces esta canción. Si es así, te construiré un monumento”. Infructuosamente conduje ese experimento durante años. Algunos lo intentaron al decir “suena como”, “creo que es”, etcétera. Todas las canciones que sugirieron las escuché. No, no era la “rola” que yo amaba.

Pasaron los años y mi única conexión con esa canción era mi traqueteado casete. No podía comprar el disco si no sabía cómo se llamaba. Parecía que mi disfrute siempre estaría ligado al casete y que por los siglos de los siglos gozaría con una canción cuyo nombre me era desconocido.
De vez en cuando la escuchaba por ahí. La melodía parecía burlarse de mí. La letra para mí sonaba como “No sabes cómo me llamo y eres un gran perdedor”. Pero mi empeño (necedad) es más grande que la susodicha melodía. Nunca dejé de preguntarle a cualquier persona con esbozos de melómano.
Un día le mostré la canción a un amigo y otra vez cayó en el “me suena a”, “creo que”. Acostumbrado a la rutina posterior a la pregunta, busqué el título que me había dado en Internet.
Si algún día he presenciado un milagro, ese fue el día.
Comencé a escuchar la canción que me había perseguido por años, que por meses y meses se había burlado de mi casi nula formación musical, que había eludido todos mis interrogatorios y que se me había escondido como si yo fuera la peste.
La felicidad era total. A lo mejor pensarán “es sólo una tonta canción”, pero para un adolescente era la solución a uno de los enigmas que habían plagado su existencia. El nombre de la canción se revelaba ante mí. Había vencido a una melodía. La victoria final era mía.
Reí, brinqué y fui feliz. Seis años o más de búsqueda habían llegado a su fin.
Siempre recordaré con cariño la canción que me enseñó a nunca darme por vencido. Por irrelevante que sea la misión.
Hoy sé que esa canción se llama “Nowhere Fast” y que la interpreta Fire, Inc.







